Las estrategias
expositivas que se han desarrollado en occidente durante los ‘80 y ‘90
no siempre han logrado resolver los prejuicios endémicos del que observa
al otro “sin advertir la propia mirada” . La conceptualización
de la differance propiciada por Derridá y Foucault a fines de los años
‘70 y comienzos de los ‘80, no ha sido recuperada en toda su dimensión
y dramatismo puesto que el reconocimiento del ‘otro’, pasa irremediablemente
por la propia conciencia, por la autorreflexibidad que exige una “descarnada”
conciencia de las limitaciones culturales que poseemos para aceptar la diferencia.
Sabemos que este esquema binario yo-otro se ha extendido a todos los ámbitos
disciplinares más diversos, que van desde los problemas de la multiculturalidad,
la globalización en un contexto tardo-capitalista, los discursos del
género (Queer Studies), los discursos étnicos, raciales y de
clase, en un contexto poscolonial. En cada caso, se ha podido observar durante
las últimas décadas el esfuerzo de los que asumen la diferencia
y de los otros intentando resolver, conceptual y formalmente, proyectos de
difusión y ayuda que generalmente han quedado convertidos en acuerdos
de “buenas intenciones” cada vez más deudores de políticas
epidérmicas “de lo correcto” y del “masificador”
espectáculo de la democracia neoliberal, dejando de lado todos aquellos
problemas de fondo que son los que constituyen la “verdadera y oculta”
diferencia, a saber que son los problemas de participación y visibilidad
real de quienes viven y padecen la marginación, la censura, el exilio,
la inmigración y la extrema pobreza.
Tinieblas
de una exposición
Pienso
desordenadamente en estas imágenes, mientras me desplazo por las salas
de la exposición El corazón de las tinieblas. Desde una proyección
cinematográfica en el que se reproducen fragmentos de la novela homónima
de Joseph Conrad, tengo la impresión de avanzar en el tiempo hacia
problemas que verdaderamente resultan de una escalofriante actualidad, esto
último es el mayor mérito del trabajo comisarial realizado por
el crítico de arte, José Luis Marzó y por el antropólogo,
Marc Roig. La novela de Conrad fue escrita en 1902, y ha servido esta vez
de guión maestro para desplegar plásticamente, un discurso en
torno al encuentro y desencuentro del hombre blanco con el “otro”
negro africano. La mejor virtud es que junto con realizar un homenaje literario,
al mismo tiempo se prueba la eficacia de integrar disciplinas como la historia
del arte, la antropología y la literatura en función de problemáticas
“de frontera” donde el “parque humano” queda expuesto
en toda su descarnada realidad. Esta actitud, que bien puede aparecer como
un gesto político radical y crítico, como una forma de reasignar
un rol al arte como vehículo y catalizador de problemas contemporáneos
del hombre, según la forma en que se planteen, pueden terminar siendo
caminos a tientas en medio de una oscuridad ontológica. Para entenderlo
mejor, reconstruiré mi propio trayecto por la exposición.
En primer
lugar, El corazón de las tinieblas es una historia sobre el viaje del
marinero Marlow por las aguas de un gran río africano. Su misión:
ir en busca de un agente europeo, Kurtz, un brillante hombre de empresa que
se había vuelto loco en medio de la jungla. Con el tiempo, este relato
de codicia, sinrazón y hastío existencial ha sido considerado
uno de los más convulsivos análisis sobre el espíritu
colonial de Occidente. Muchos escritores y artistas han buceado en los entresijos
de esa historia: desde Orson Welles hasta Edward Said, pasando por Apocalypse
Now de Francis F. Coppola.
“...en
este proceso discurre la «historia oficial» del pretendidamente
estado humanitario del Congo, creado en 1882 como una propiedad personal del
Rey Leopoldo II de Bélgica. Tras este «velo histórico»
discurre otra narración: la tragedia física y moral, bien por
los efectos del exterminio humano (entre 10 y 15 millones de congoleses «desaparecieron
de la historia»), bien por la hipocresía de la sociedad europea
que planteó la colonización, su colonización, como una
lucha antiesclavista, o bien por la tragedia psicológica y de identidad
por la que el individuo colonizado era forzado a la internalización
del «yo» como «otro» en las antípodas de la
civilizada, racional e inteligente figura del colonizador. ». |
En medio de este marco temático y conceptual, vemos el proyecto del cineasta David Blanco quien recrea el inicio de la novela, ante un escenario extremadamente obvio del Puerto de Barcelona. El espectador queda frente a la figura del narrador Marlow (el alter ego de Conrad) que va relatando el largo viaje de unos blancos a través de la selva africana. Al continuar el recorrido, nos encontramos con el Médico, que es un vídeo en el que la doctora Piqué aparece en la oficina Medicina Tropical de la calle Bergara de Barcelona indicando las prevenciones contra la malaria o la fiebre amarilla y contagios de consecuencias muy graves. Como si se tratara de la primera alegoría de dominación del otro, como si se tratara de alguien infecto-contagioso contra el que hay que vacunarse. La voz en off de Kurtz insiste en acompañarnos, como si se tratara de la continuación del relato cinematográfico, y llegamos a una sala donde contemplamos mapas que van desde los siglos XVII a comienzos del XX donde se muestra un África que gradualmente fue siendo diezmada y dominada por diferentes países e ideologías, lo que es mostrado a través de cuadros poblacionales con llamativos colores sobre fondo negro, una verdadera ironía neo-geo. Sobre unas mesas de grandes dimensiones que han sido convertidas en grandes vitrinas desplegando mapas del siglo XVII y XVIII de un África representada en forma misteriosa y exótica.
El contrapunto se produce a continuación con la Sala Catalunya en la que Rogelio López Cuenca realiza una “exposición de gabinete” de algunos sus trabajos más recientes: Monumento a Antonio López y López, Entic Prat de la Riba, Fraginals, de Francisco Ela Abene, y proyectos de publicidad crítica como Ilegal y Cacao que en este contexto recuerda el origen de la riqueza catalana del siglo XVIII asentada en la relación colonial que se estableció con Cuba y Guinea. A estos trabajos les acompañan textos que refuerzan el sentido de la exposición, llegando en algunos casos a una mordaz “didáctica de la imagen”, como por ejemplo: “pagar a un negro es fomentar el alcoholismo” (René Pellisier, Don Quichotte en Afrique).
En la próxima sala Los Agentes Coloniales un conjunto importante de fotografías documentales de época, procedentes del Centro de Documentación de la Universidad Católica de Lovaina, permiten localizar personajes y paisajes en los que presumiblemente Conrad se basó para ambientar la novela. Para proseguir en Remontando el río donde un vídeo recuerda la travesía de Kurtz en medio de la selva, trayecto que es realizado por uno mismo sobre las imágenes hasta alcanzar la siguiente sala. Los Familiares donde se realiza una recreación a cargo de BTV a través de informativos de televisión realizados en torno a Eric Kurtz, sus actividades y quienes le conocieron.
La sala Exterminad a todos los brutos expone la metodología utilizada por el colonialismo: procurar adiestrar a las poblaciones, incorporar los impuestos en su sistema económico y la explotación laboral para obtener el mejor provecho. Los distintos fragmentos de documentales nos muestran un violento proceso de aculturación. La secuencia de como los blancos, por ejemplo, enseñan a encender puros a los pigmeos ante la risa de los demás exploradores que no daban crédito a aquello o cuando unas misioneras les intentaban enseñar a bailar... ¿realmente es posible escribir poesía después de esto?...suponemos que al menos las formas de expresión tendrían que cambiar. Es el momento para que podamos recuperar algo del mundo africano en el espacio Living in África, donde un montaje de ‘historias locales’ o micronarrativas reconstruyen un continente que es forzado a parecer una extensión más del mundo civilizado blanco-occidental. Las obras del pintor congolés Tschichumba Kunda Matalu, exponente de un tipo de realismo social y naïf de los años cincuenta, se extienden por la habitación y al frente, como en un ambiente de sala de espera a través de dos pantallas de Tv. se muestran vídeos domésticos y documentales históricos sobre el proceso político del Congo. Hasta aquí ya vamos con una exceso de información histórico-política y social que afortunadamente ofrece una tregua en la instalación En la jungla, del artista camerunés afincado en Bélgica, Bili Bidjoka, donde surge la visión del otro narrativamente convertido en un yo destructivo: “Kurtz abrió la boca: lo que le dio un aspecto indeciblemente voraz, como si hubiera querido devorar todo el aire, toda la tierra y todos los hombres que tenía ante sí” esto es acompañado con la imagen de Kurtz arrodillado ante la pantalla, mientras el suelo sumergido en agua refleja una serie de imágenes (grabados y dibujos) en los que se aprecia esquemáticamente un rostro con la boca abierta. |
A continuación a través de un gramófono y un vídeo aparece nuevamente la voz y la imagen de Kurtz, mientras al frente una Salamandra está en tiempo real siendo devorada por infinidad de insectos que la pueblan y la ocultan en su agonía. Luego La Luciérnaga es un vídeo instalación del artista canadiense Taras Polataiko que utiliza dos secuencias de imágenes de alta carga metafórica: en primer lugar una luciérnaga que ha llegado a la luz de una bombilla y que al mismo tiempo no puede salir de ella, cegada por la luz y ante un calor que la va desintegrando y al frente, a modo de díptico, se ven las manos de alguien, que como alas, intentan asirse al algo o alguien, es un avanzar a tientas cegado por la ausencia de luz. Luz y sombra en ambos casos como imposibilidad de ver. El gesto más débil de la muestra está dado por el encuentro cara a cara con la representación de Kurtz (Dirección de cine de David Blanco), quien a través de un monólogo mesiánico, interpretado por Manel Sans (a la manera de Kurtz de Marlon Brando del film de Ford Coppola Apocalypse Now) muestra las contradicciones del propio sistema social e incluso de cómo obligó a Marlow a falsear la verdadera historia y ocultar a Europa (de ahí las cartas de Kurtz a su novia) el horror de «¡exterminar a todos los salvajes!».
Pero este exceso de expectativas y narrativas de la muestra podrían haberse convertido en una profunda reflexión final, sino fuera por el desenlace que está tras avanzar una vez más por las aguas selváticas proyectadas en Retorno. Al final del pasillo de salida está la instalación Los Otros (del artista y antropólogo Pep Dardanyà) que consiste en la ubicación de cuatro módulos de ‘atención personalizada’. Y como si se tratara de una agencia de viajes o de una oficina pública, ofrece la posibilidad de avanzar hasta el mesón para encontrarnos “cara a cara” con alguno de los cuatro inmigrantes que han sido contratados para la ocasión, quienes relatarán a cualquier espectador su experiencia de “viaje” y de vida del “otro lado del charco”.
Eso sí, siempre y cuando hallamos cogido nuestro tiquet de turno y estemos dispuestos a convertirnos en los forzados actores de una representación que en pos de la multiculturalidad realiza los gestos más depredadores, elusivos y versátiles del colonialismo (al decir de Hardt y Negri: nuevas estrategias del “Imperio”), pues aunque los comisarios de la muestra intenten denunciar el horror histórico del hombre por el hombre, culminan con una estrategia museológica al estilo fastfood llegando a olvidar y desoír por completo el discurso interno del Corazón de las tinieblas, dejando entrever una borrosidad ética en el límite de su praxis. Las personas, “originarias de África negra”, presentan sus vidas en vivo y en directo ante un yo avergonzado por el mal uso de la memoria, el abuso de la diferencia, y la eficacia de un sistema económico, que una vez más, ha logrado anular al otro: marginal, desempleado e inmigrante (étnico, de género o de clase). ¿Y todo este espectáculo de exotismo, horrores históricos y metáforas coloniales por el precio de una entrada?
Ramón Castillo |