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Género y espacio público urbano
Martha Alonso Vidal
“Porque las ciudades se enfrentan hoy a dificultades sin precedentes para lograr los siguientes objetivos:
conservar el medio ambiente y garantizar un desarrollo duradero, favorecer una mejor calidad de vida y
condiciones más iguales para todos, solucionar los problemas de funcionamiento urbano y evitar
la exclusión, preparar una democracia más activa y más equilibrada en la actual sociedad "plural",
sociedad en la que la mujer tiene intereses a todos los niveles”. .. Las soluciones exigen
necesariamente la participación de las mujeres, por legitimidad democrática y también porque es un agente
esencial de renovación de la dinámica urbana.
CARTA EUROPEA DE LA MUJER EN LA CIUDAD

Mujer y globalización en la cultura de las ciudades
El presente trabajo, expresa un proceso de legitimación e institucionalización con referencia a los condicionantes simbólicos, normativos y políticos que operan en la instalación de las políticas públicas urbano ambientales con equidad de género -PPUMACEG- como dimensión impostergable de equidad social; su correspondencia con los Planes de Igualdad y las proposiciones de las Conferencias Mundiales en materia de género, medio ambiente y planeamiento urbano y la normativa local vigente, Constitución de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y ley 474: Igualdad de Oportunidades y de Trato entre Varones y Mujeres.
El proceso se ha dado a través de la visión de la cultura urbana entre la globalización, las políticas públicas medioambientales -PPUMA- y las mujeres en su inserción dentro del espacio público y privado a lo largo de más de diez siglos, comenzando en el año 900 de nuestra era.
La globalización entendida como signo distintivo de la expansión capitalista no referida a una situación histórica determinada sino como un proceso de transformación permanente en lo económico, social, cultural y científico.
¿Qué es la ciudad? Es el punto de concentración máxima del poderío y de la cultura de una comunidad. Funciona como el órgano especializado de la transmisión social. Junto con el idioma es la obra de arte más grande del ser humano.
¿Qué entendemos por “género”?
“Por género se entiende una construcción simbólica que alude al conjunto de atributos socioculturales asignados a las personas a partir del sexo y que convierten la diferencia sexual en desigualdad social. La diferencia de género no es un rasgo biológico, sino una construcción mental y sociocultural que se ha elaborado históricamente. Por lo tanto, género no es equivalente a sexo, el primer término se refiere a una categoría sociológica y el segundo a una categoría biológica”. -Colectivo mujeres feministas-
    
La ciudad medieval
Nace la ciudad amurallada, a partir del comercio internacional semicapitalista y la invención de la moneda. El municipio como gobierno, las ferias regionales como forma de transacción y el administrar justicia en las cortes locales las convirtió en estados soberanos.
La población era más homogénea que la actual, existían menos diferencias de clase, más igualdad de riqueza y armonía de intereses. La familia urbana medieval tuvo carácter corporativo; no era una unidad privada, en la misma casa vivían los parientes y los trabajadores. Comían juntos en la misma mesa, trabajaban en el taller, dormían en el mismo dormitorio separados por sexos, relegando el intercambio sexual a la oscuridad del bosque; rezaban y se divertían juntos. La actividad erótica estaba sujeta sobre todo a primavera y verano. La vida para las mujeres fértiles era durísima por la pobre alimentación, los inviernos rigurosos, el trabajo pesado; la sucesión de embarazos y consecuente mortalidad precoz, -de allí el prestigio de la virginidad-. Soportaban estar sometidas a degradación y misoginia.
Comienza a instalarse el modelo cristiano de matrimonio y su desigualdad contractual expresada en dos modalidades diferentes: privada y pública: el de las mujeres donde la sociedad se apropia del capital cultural, económico y emocional de las mismas al carecer del poder organizacional que posee lo público, de generación y dominio masculino.
Una excelente política urbano ambiental hacía que el hacinamiento fuera desconocido; la basura materiales orgánicos de fácil reciclaje; la provisión de agua una función colectiva, técnica y artística de cuidado del río y de bellas fuentes; el ruido inexistente; la calle como una granja.
Aún no se había producido la destrucción del tejido urbano con separación de ricos y pobres,
propia de las ciudades que siguieron a la medieval. Por ese entonces pretendía no haber diferencias entre el espacio “privado”, propio de las mujeres y la servidumbre y lo “público” territorio de dominio masculino, aunque las mismas existen desde el inicio de los tiempos.
La ciudad barroca
La vida urbana cambia: muere el municipio y surgen la nueva economía capitalista y el despotismo del estado nacional; el rey se instala en la capital todopoderosa.
El uso de la perspectiva tiró abajo la muralla; nacen las largas avenidas anchas para la acción militar contra la “guerrilla urbana” sumando el militarismo al poder del capital y satisfacer el absurdo placer de recorrerlas a velocidad creciente, “para ver y ser vistos”, expresión masculina de poder en la conquista de espacio, tiempo y naturaleza, otra expresión de la antinomia femenino -masculino, que tanto dolor ha traído a la humanidad. El desfile espectacular tuvo su contrapartida femenina en el desfile ante las tiendas. El ritual del espectáculo superfluo absorbió todas las energías para vivir. El gastar más fue más importante que el gastar suficiente. El nuevo patrón del mercado: la moda y las primeras víctimas: las mujeres.
Aparecen condiciones de la globalización contemporánea, ricos y pobres, pobres e indigentes, ejemplo de fragmentación por acceso diferencial a los bienes materiales y culturales.
En lo doméstico, un nuevo código de modales eróticos da nacimiento al dormitorio privado, que, con la alimentación, la calefacción y los espejos transforman los rituales del amor. La coquetería y el galanteo eran el contrapeso de la rutina y un ambiente de erotismo, a veces romántico, otras brutal, invade la casa, siempre en beneficio de los varones ya que recién hacia 1950 se dará importancia al erotismo conyugal. Continúa una moral de hombres diseñada por varones donde aparecen las mujeres como objetos o en el mejor de los casos como entes a las que hay que educar cuando están bajo custodia, o abstenerse cuando pertenecen a otro hombre.
La ciudad industrial
Llegamos a la ciudad industrial, la ciudad carbón, siglo XIX y principios del XX. Avanza la globalización: desigualdades sociales profundas, países europeos ricos y colonias pobres.
En cuanto a PPUMA, la ubicación de las fábricas, la construcción de barrios obreros, el suministro de agua y la recolección de basura eran servicios que debía llevar a cabo la empresa privada para conseguir beneficios privados. Los servicios de aguas corrientes y saneamiento fueron hechos para las fábricas, transformando ríos y arroyos en cloacas abiertas, degradando el ambiente y anticipando efectos de la actual globalización en términos de la antropización y huella ecológica, privatización de servicios públicos, sobrevaloración de la iniciativa privada, “pensamiento único”, nacido de las recomendaciones del Consenso de Washington, etc.
El nuevo complejo urbano europeo, estaba determinado por la fábrica y el “slum”, léase conventillo, favela, villa miseria, cantegril, bohío, callampa, asentamiento precario o como se llame el hábitat de la miseria en condiciones de hacinamiento y enfermedad indescriptibles, particularmente para mujeres y niños/as pobres por su miseria y desamparo. El plan ‘inorgánico’ de la ciudad industrial eliminó los espacios abiertos y verdes; alejó el campo de la ciudad; perdió los centros cívicos. Masas urbanas se expandieron cien veces sin que aparecieran las instituciones que caracterizan una ciudad: un lugar donde se concentra la herencia social y el intercambio potencia las actividades de los seres humanos.
La ciudad contemporánea
Arribamos a la ciudad actual, la “megaciudad” del siglo XX y XXI, con profundos cambios en la estructura del capitalismo, concentración industrial y financiera y enorme renovación tecnológica, propios de la globalización, aún sin haber hallado una forma urbana adecuada.
La ciudad contemporánea existe en el país de los contrarios, la inseguridad, la marginación, la delincuencia, el abuso de la autoridad, los sin techo, la apropiación del espacio público por manos privadas, el éxodo hacia la periferia de los más pudientes se entrelazan dando forma al paisaje ciudadano. La “institución” ciudad no logra componer identidades homogéneas, entendiendo que la identidad urbana se construye en base a la interacción con múltiples otros/as. La dinámica social y la subjetividad ya no son las que corresponden al Estado-nación. Han sido reemplazadas por la lógica del mercado. Ello habla de una mutación que erosiona los cimientos de la ciudad, en la cual los problemas ciudadanos tienen difícil abordaje. Ya no se dispone de la solidez estatal, ahora existe la fluidez mercantil.
¿Cómo transitan esta situación hombres y mujeres en las ciudades? ¿De qué manera enfrentan la pobreza o actúan frente a la violencia urbana, cómo reconstruyen su identidad en tanto trabajadores/as, su pertenencia comunitaria, su carácter de ciudadanos/as?
La ciudad aparece como el lugar donde se enfrentan los que quedaron fuera del sistema: los empobrecidos que no tienen acceso a bienes y servicios y los de altos ingresos.
Todo esto destruye la trama urbana, el espacio público como lugar de encuentro y pertenencia de todos y todas debido en gran parte a la ruptura del tejido social. No obstante la ciudad sigue siendo el “espacio de los lugares” y la forma territorial de organización de la cotidianeidad.
Ahora bien: ¿cómo es el “habitar de las mujeres urbanas”, en particular las que habitan el Área Metropolitana de Buenos Aires? ¿Cómo se insertan en el paisaje construido y cultural del espacio público urbano?
Las mujeres de altos ingresos que viven en countries, barrios cerrados, clubes de campo o en las nuevas “torres del glamour”.
Son las mujeres de “clase alta” –que representan el 10 % de la población argentina y se llevan el 38,6 % de la renta-. Habitan dos tipos de vivienda: las torres del “glamour” que lo tienen todo, seguridad, piscinas, gimnasios y los countries y barrios cerrados. Es el segmento habitacional al cual tiende la arquitectura de alto costo.
  
¿Qué ha conseguido este grupo social? Armar un espacio privado con las facilidades y las “comodities” del espacio urbano, en el que se mueve el resto de la población. Privados del uso del espacio público urbano tradicional, por razones de seguridad y pertenencia, han prescindido del mismo, invertido los términos, convirtiendo lo privado, debidamente acondicionado en público pero privado al fin, uniendo esos espacios mediante “redes de encapsulamiento”. Desarrollan no pocas “patologías”, carentes del rico intercambio que propone el espacio público.
Las mujeres de “clase media”que habitan el departamento o la casa en “propiedad horizontal”, con frecuentes carencias de espacio físico, confort, privacidad y disfrute.
23 millones de latinoamericanos/as dejaron de ser clase media en los últimos diez años.
Las mujeres de “clase media” -que representan un colectivo bastante diverso- aún exhiben su orgullosa pertenencia a esa “clase”, resistiendo los embates del neoliberalismo, del patriarcado, sin animarse demasiado a enfrentarlos preservando los valores “tradicionales” de su clase. Curiosamente son las que más disfrutan y participan del espacio público urbano, insertándose en novedosas formas y múltiples organizaciones de todo tipo. Reconocen aún como válida la división público-privado, productivo-reproductivo, propia del patriarcado, pero revelan facetas de cambio muy interesantes que muestran un cada vez mayor compromiso con la construcción de ciudadanía.
Las mujeres que conforman colectivos sociales “excluidos” que viven en el hábitat de la pobreza: asentamientos precarios, villas miseria, favelas , cantegriles, bohíos, callampas, chabolas; conventillos. Los diversos “colectivos urbanos”: los grupos sociales “excluidos”: “piqueteros-as”, “cartoneros-as”, migrantes e indígenas, prostitutas; colectivo “empobrecido” gay-lésbico, travesti, transexual, transgénero.
En principio cabe señalar que el problema del hábitat de la pobreza urbana alcanza a casi todos los países del orbe pero en América Latina presenta condiciones extremas.
De los 400 millones de latinoamericanos, 200 millones viven en situación de pobreza y 100 millones como indigentes. Es el continente con la peor, la más desigual distribución de la riqueza. El fenómeno de feminización de la pobreza se une a la situación desesperada de los sectores más vulnerables de la sociedad latinoamericana. Ello va unido a la casi desaparición de la clase madia. El desorden urbano ambiental que proponen estos asentamientos de la pobreza es serio por el deterioro del paisaje urbano, el natural y el construido, la inseguridad y el hacinamiento que deriva en violencias de todo tipo, siendo la más frecuente la “violencia de género” y sus víctimas mujeres y niños/as en proporciones aterradoras.
Estos colectivos desposeídos han producido una resignificación del espacio público, lo viven como privado, lo usan como propio y esa irrupción ha segregado a los otros/as, de altos ingresos que lo ven como peligroso, ajeno y hostil. Estos/as a su vez, privados del uso del espacio público urbano tradicional, que sí es disfrutado y sufrido por la clase media, han prescindido del mismo, invirtiendo los términos público-privado
La ciudad democrática y la participación de las mujeres
“La ciudad como la sociedad han estado basadas a lo largo de la historia en el trabajo de las mujeres, subordinada a los hombres en la estructura de la familia patriarcal”, dice Jordi Borja y agrega “La historia de la humanidad es la historia de agotadores trabajos agrícolas llevados a cabo por las mujeres de todo el mundo, al igual que la historia de la industrialización ha sido escrita en buena medida por las obreras de fabrica”.
En la última parte del siglo XX se produce una fuerte urbanización, con lo cual más de la mitad de esa población es femenina y guarda con la ciudad una relación distinta a la tradicional. La nueva economía instalada a nivel planetario tiene un “cariz femenino”, incorporando mayor cantidad de mujeres a las fuerzas del trabajo con condiciones laborales más precarias que favorecen a los flujos de capital y porque la globalización de la economía trae aparejada mayor flexibilización de las condiciones laborales. La nueva “auto percepción” de las mujeres como sujetos de derechos se da al transformar las subjetividades sociales expandiendo la “política” tanto en el espacio privado como en el público. Por lo tanto debe tratarse la perspectiva de género en la gestión urbana como una de las estrategias principales en la construcción de la democracia participativa.
  
La planificación de PPUMACEG se inscribe en la problemática del hábitat y el medio ambiente y suponen transversalizar la dimensión del género y la ambiental a la ciudad. Parten de movimientos distintos, pero coinciden en la crítica al modelo de crecimiento económico y ambas terminan conformando los principios del desarrollo sustentable.
El terreno de las PPUMACEG es un campo de estudios aún innovativo, en el cual se ha logrado incorporar la cuestión de género en algunas políticas públicas relativas a planes urbanos y ambientales, vivienda, servicios, localización de asentamientos, equipamientos urbanos. Una mayor participación de las mujeres en el planeamiento tendría efectos muy positivos en el sentido de: reforzar la democracia local y la ciudadanía responsable, ampliar los temas de reflexión que plantea el urbanismo, mejorar el uso de los recursos locales, apoyar y aportar ideas a los propios procesos de conformación de lo urbano.
Si en la construcción y/o disfrute de la trama urbana, del espacio público como lugar de encuentro y pertenencia de todos/as hay exclusión aunque sea parcial de una parte de la sociedad, el pleno ejercicio de ciudadanía está limitado, circunstancia que debe corregirse permitiendo la participación de las mujeres ya que representan la mitad de talento y de competencia de la humanidad.
Es evidente que lo que ha dinamizado el espacio urbano es el deseo de autonomía de las mujeres rechazando la dicotomía entre lo privado-doméstico, propio de las mujeres y lo público, territorio de los hombres así como la antinomia entre naturaleza y cultura, individualismo y solidaridad; entre los principios de igualdad y desigualdad; entre el valor dado a la independencia y la experiencia de la dependencia. Aportando la democratizadora perspectiva de género y en uso de su capacidad de “empoderamiento” y del principio feminista “lo personal es político” han salido a la conquista del espacio publico, representando masas críticas cuestionadoras del orden y la lógica masculina prevaleciente en esos espacios, buscando ampliarlo a través de la reafirmación de identidades.
Desde siempre se consideró que lo privado o personal -propio de las mujeres- y lo público o político de dominio masculino eran independientes e irrelevantes entre si.
Sin embargo, su cotidiano desempeño en el espacio urbano, trabajando en múltiples actividades rentadas, empujando coches de bebés, cuidando niños y ancianos, realizando las compras, buscando plazas y parques para esparcimiento, el ocio y el deporte propio y de sus hijos, superando las infinitas barreras arquitectónicas que les plantea la ciudad, sufriendo las dificultades de una red de transportes no diseñada para atender sus necesidades de triple jornada y trayectoria en red, sufriendo la escasez de “facilidades” como lugares de encuentro, esparcimiento, áreas “verdes” protegidas y seguras; baños públicos y cambiadores para bebés, centros comerciales, educativos, de salud y deporte cercanos a la vivienda, la inseguridad de las calles y de los espacios abiertos, muestran hasta qué punto la vida privada doméstica de las mujeres y el espacio público están íntimamente relacionados y no desconectados según lo supone el pensamiento liberal adherido a una estructura patriarcal que aun se verifica en el diseño de la ciudad actual.
Es allí donde se operan los múltiples cruces con otras exclusiones y realidades intersectando el género con etnia, sexualidad, nacionalidad, pertenencia etaria-socio-económica y donde es posible reformular nuevas relaciones entre los géneros. ¿Cómo? Mediante la decidida oposición frente a la dicotomía masculino-femenino, público-privado, productivo-reproductivo y nuevas formas de resolución de tensión entre emancipación y domesticidad.
Sin embargo son muchas las dificultades en lo que respecta a la construcción social de la equidad de género como principio organizador de la democracia, producto de la inercia de “los sistemas cognoscitivos y valóricos” que hace que los hombres se resistan a perder sus privilegios frente a las mujeres en los espacios públicos y privados. Otros más profundos como el temor a los cambios en la identidad del otro-a al cuestionar la propia identidad.
Hannah Arendt señaló que “la ciudad es una memoria organizada” y que la “historia ha dejado de lado a las mujeres”. Pero estamos convencidas de la reversibilidad del proceso que las mujeres podemos realizar, generando conocimiento, identificando problemas, elaborando demandas, adquiriendo visibilidad social y ejerciendo un poder mayor que el que se nos reconoce a nivel individual, proyectando nuevos espacios públicos donde mujeres y hombres desarrollen una vida mejor, condición para la renovación democrática del proyecto urbano, el gran desafío del siglo XXI.
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