La red nos piensa (lecturas desde el arte y lo social)
Remedios Zafra
Nada contradice entonces esta hipótesis paradójica: nuestro pensamiento regula el mundo, con lacondición de que antes pensemos que el mundo es el que nospiensa.
“El hombre no bebe el té, el té bebe al hombre”
No eres tú quien fuma la pipa, la pipa te fuma a ti.
El libro me lee.
La televisión me mira.
El objeto me piensa.
El objetivo nos contempla.
El efecto nos causa.
El lenguaje nos habla.
El tiempo nos pierde.
El dinero es el que nos gana.
La muerte nos acecha.
Jean Baudrillard, El intercambio imposible.
Pensar en las formas en que los medios modifican las prácticas artísticas más recientes nos obliga a pensar en las formas en que los medios modifican nuestra idea del mundo y de nosotros mismos. Pensar-nos- como viajeros/videntes de un mundo globalizado, nodos de relaciones intersubjetivas que acontecen cada vez más en pantallas de protección-proyección , códigos que difícilmente permiten discernir lo real de lo simulado. Pensar en el arte que se genera en torno a la red exige pensar en las nuevas condiciones de convivencia marcadas por Internet. Para ello no podemos obviar esa conjunción fatal de la deriva, percibir el doble sentido del acontecimiento, pensar el medio que habitamos sabiéndonos pensados por el mismo medio, tomar conciencia de que nuestro papel no es ya sólo el de ser sujetos intérpretes, sino también el de objetos interpretados. El medio nos piensa.

Sujetos-masas, sujetos-multitud, concentrados en un espacio común o en un mismo tiempo, sujetos on line sujetos-verbo que son en tanto se pronuncian. La red y la máquina pasan a ser nuevos agentes semióticos y sociales , nuevos agentes especulativos de otras formas de convivencia de la diversidad, formas desmaterializadas, más fluidas y periféricas, no esenciales. En este contexto, imaginar una nueva convivencia en red implica aumentar la crítica sobre la realidad fuera de ella, implica enfrentarnos a un mundo donde nuestra relación se ve, cada vez más, interfaceada por la máquina, nuestra identidad pasando también por su filtro (con lo que esto supone para la producción de subjetividad en la esfera social contemporánea). En ese espacio-tiempo del acontecer de Internet el arte se plantea en términos críticos, pensando la red consciente de que Internet nos piensa.
El arte propio de la red, el llamado net.art, no es un arte que limite el uso del medio a su carácter instrumental, no es un arte ubicado en Internet que existe independientemente de ella, sino más bien un arte que (des)ubica a la red. Gestado en su matriz, no traído de fuera. Un arte de metalenguajes. Un arte de gramáticas sociales sobre Internet, que tiene en las nuevas formas de construcción de subjetividad, en las colectividades on line, en la mediación intersubjetiva, en los desmontajes de las esferas pública y privada y en la experimentación con la indeterminación y el no-sentido, algunos de los campos de acción e investigación más recurrentes en los discursos artísticos contemporáneos. Pensar Internet y dejarse pensar por ella, eso hace el llamado net.art o arte de la red. El net.art se dibuja como signo de auto-reflexividad de la época que vivimos y se posiciona en términos de resistencia, deconstructivos, cuestionando y proponiendo nuevas maneras de ser y relacionarnos, repensando también las estructuras físicas que hasta hace muy poco contenían a las obras de arte y que se proclamaban como las únicas mantenedoras de sus auras y únicas legitimadoras de su exhibición.
La red no puede ser entendida como un nuevo lienzo para pintar en código, tampoco mero soporte o espacio donde algo acontece, la red es también el acontecer mismo, escena y obra, representación. No olvidemos que la principal característica de la sociedad de la información es la transformación de los modelos de relación y que la capacidad de interacción con el entorno, que nos ofrece la pertenencia a un mundo conectado, constituye un hecho sin precedentes en la historia del mundo civilizado.
En relación al conglomerado social y el resto de prácticas artísticas del siglo XX el net.art habita un territorio de tradición crítica, estableciendo una relación de intercambio que refuerza su carácter abierto. No estamos hablando, pues, de unas prácticas que rompen substancialmente con el pasado, las nuevas prácticas artísticas de Internet, integradoras y porosas, se proclaman herederas del arte último. Así pues, pensar el net.art implica hacerlo dentro de los caminos abiertos por las vanguardias artísticas del último siglo. Las prácticas artísticas de la red se verifican beneficiarias de los cambios suscitados por la pérdida del aura y la fácil reproductibilidad de las obras, por el cuestionamiento de la idea de original, de la idea de autor, por la crítica a la institución-arte y a los sistemas convencionales de exposición y distribución artística. Herederas también de las mismas contradicciones en su relación con el mercado. En este sentido, observamos que el compromiso epocal que lleva a muchos artistas a indagar y reivindicar el carácter temporal, móvil, público, multiplicable del arte de Internet y propio de las formas de distribución en red, cede cuando se sigue reivindicando una concepción objetual de arte como mercancía. Siempre hay fórmulas para buscar exclusividad en el arte, desde la rapidez con que se suplantan los objetos en serie y el software, hasta los accesos restringidos que convierten en privado lo público. Una de las muchas contradicciones intrínsecas del arte, con las que no sólo convive sino que forman parte de su propia definición.
Pero, ¿cuáles son los aspectos diferenciadores y genuinos del net.art? ¿qué aportaciones significativas sugiere para el arte de nuestro tiempo? En esta línea, pensamos que uno de los rasgos a tener en cuenta en Internet es la disolución de los contextos espaciales fijos, tanto los de producción como los de recepción. La máquina se configura como un nuevo lugar de encuentro y experimentación entre personas y arte. En ese lugar de colisión se conforma la interfaz y culmina uno de los viajes emprendidos por las prácticas artísticas del último siglo: la desmaterialización de la obra y la posibilidad de sacarla del “marco”. Se desmonta la consideración y sacralización de los museos y recintos físicos como únicos legitimadores de la obra de arte. En este contexto, la máquina-interfaz se posiciona no sólo como territorio de recepción estética y producción artística, sino que además se convierte en instrumento de subjetivización, en rostro limpio donde se transfiguran y experimentan (donde se piensan) las nuevas formas de mostrarse el sujeto.
Todas estas condiciones conforman unas prácticas artísticas que no se establecen como mecanismos de reproducción de la vida sino como medios de producción de nuevas formas de vida . Los cambios estructurales de las prácticas artísticas reivindican de esta manera una transformación paralela de las mismas instituciones que gestionan la distribución del arte. Pensemos que el arte que ha tenido, hasta hace poco, una preeminente función notarial de lo pasado, deja de dar testimonio y de acopiar objetos estáticos, representaciones, copias del mundo. Ahora, el arte produce experiencias, produce subjetividad y también colectividad. El arte se posiciona como instrumento potencialmente crítico y cuestionador de los medios y de las industrias culturales en cuyo seno acontece. Por otra parte, si analizamos cuáles son las problemáticas de nuestro tiempo en relación a las prácticas artísticas y a la transformación de su sentido en las sociedades actuales, advertimos que el net.art tiene mucho que aportar al respecto. Creemos que esos lances tienen que ver, de manera especial, con cuestiones relativas a las formas de producción artística y recepción estética.
Nuevas gramáticas y nuevas narrativas caracterizadas por la producción de formas hipertextuales, interactivas, fragmentadas, colectivas... formas que se nutren de los avances en el tratamiento y posproducción de la imagen digital y de la consolidación de una imagen movimiento . Nuevas formas comunicativas que cuestionan los paradigmas de linealidad. Nuevas formas de producción, no estática, procesual. Una producción que, en muchos casos, tiene más de música y texto que de imagen, no sólo formalmente (por lo que de código-partitura tienen las obras) sino también por cómo se dan en el tiempo.
En la línea de la recepción estética y distribución artística, uno de los desafíos del net.art viene de la mano de los desmontajes de las esferas pública y privada. En una sociedad en red la interfaz conforma nuestra nueva casa, las paredes son delimitadas por la máquina de procesamiento de datos, la vivienda es ahora tan sólo la anamorfosis de un umbral . Un comienzo que nos introduce en un no-lugar, un espacio de tránsito que, además, también transita, como un aeropuerto portátil, un espacio móvil, temporalmente autónomo. Espacio de protección y también de proyección del sujeto. Espacio en cuya porosidad observamos cómo el sistema de suministro de información mediado por máquinas cambia y cómo, por consiguiente, se reconfiguran los espacios públicos y los espacios privados más allá de la pantalla (con todo lo que esta reconfiguración supone para aquell@s que tradicionalmente han estado reducid@s a la esfera doméstica).
Por otra parte, estaría el problema del sujeto, de cómo la red se constituye en un nuevo dispositivo de subjetivización y como ello condiciona también las nuevas formas de producción y recepción del arte en la red. Una idea que puede ayudarnos a acercarnos a los interrogantes sobre este tema sería la consideración de Internet como un espacio del pliegue. Recordamos las palabras de Deleuze cuando se refiere a que entre el vestido (pliegue) y el cuerpo hemos de identificar “un tercero”: (s)on los elementos. Y ni siquiera hace falta recordar que el agua y sus ríos, el aire y sus nubes, la tierra y sus cavernas, la luz y sus fuegos son, en sí mismos, pliegues infinitos (...). Basta con considerar de qué modo la relación del vestido y del cuerpo va a ser ahora mediatizada, distendida, ampliada por los elementos. Somos on line siendo, como prótesis de viajes acelerados , pliegues de la diversidad, multiformes y polivalentes que nos permiten prescindir temporalmente del cuerpo que nos marcaba un futuro predecible (ser “otro”), mediante disfraces-alias (pliegue de aire), o redimirnos de los disfraces cotidianos mediante un pliegue de agua (liberándonos de los prejuicios). Internet como espacio del “otro”, espacio donde se experimenta la diversidad y podemos desprendernos (aun temporalmente) del estigma de nuestro sexo, edad o raza, seres código, diálogos. La ausencia ubicua del que usa Internet permite no ser nadie a quien no quiera ser alguien, como decía Hughes para ser nadie, hay que estar a la vez en todas partes y en ninguna. La ausencia ubicua es una ausencia del cuerpo, donde el nivel semiótico de la cultura, condicionada por lo corpóreo, se libera en un movimiento rompedor de deconstrucción del yo. En esta línea, la identidad es repensada y definida más como pregunta que como respuesta.
.
Recordemos aquella analogía que Virilio establece entre el vidente de los medios y el viajero, refiriéndose así al vidente/viajero y observando la repetición del comportamiento del aficionado al ver la pantalla y del que mira por la ventanilla de su coche. Al respecto utilizaba las palabras de Gaston Rageot: los hombres y mujeres que comparten las horas a bordo, dejan de ser ellos mismos..., cada pasajero empieza por salir de sí, ayer no nos conocíamos, mañana nos separaremos por siempre .
Estar conectado, ser on line, nos libera del cuerpo y de los atributos que restringen al individuo a un estereotipo determinado, con todas sus ventajas e inconvenientes. En la red nos enfrentamos a una o varias identidades por inventar. Una subjetividad poscorpórea que pregona una imagen de la identidad escindida de la imagen del cuerpo . La tecnología, Internet, cambia la naturaleza del rostro. Así, la identidad poscorpórea puede ser entendida como una perspectiva argumentativa de una política no esencialista, una reivindicación de identidades en proceso, donde la materia de nuestro cuerpo parece quedar atrás y aparece sólo como una pantalla de protección-proyección . La lógica binaria de la identidad queda subvertida en Internet. La identidad como forma unitaria y sólida queda desmantelada con lo que esto supone para el reconocimiento de la otredad, es decir, para la censura/identificación del “otro” en toda desviación de las normas sociales. En Internet la identidad no produce representaciones, son las representaciones las que producen identidad.
Pensemos en el Chat, por ejemplo. Encuentro y conversación instantánea, ideal para los que quieran hablar con otras personas sin preocuparse (a priori) por su aspecto físico. Para los que quieran inventarse un cuerpo, un género, una sexualidad, para los que quieran ser ellos mismos. No olvidemos que la especificidad respecto a otros dispositivos como el e-mail viene del lado de la delimitación de un espacio de consentimiento del “no sentido” donde quien entra asume que accede a un espacio de ficción que, paradójicamente, puede ser más real que la propia realidad. En el chat lo que no se dice también circula como pacto implícito entre los conversadores en busca de la práctica seductora. En el chat se produce una desviación de aquello que nos aprisiona (lo matérico, el cuerpo) para converger en una lógica ritual. El chat esconde los temores y envalentona a los individuos ¿quien no lleva a un “otro” dentro?. Libera a los sujetos del miedo al que dirán. No importa nuestra cara, qué llevamos puesto, el color de nuestra piel, la edad, el acné, las arrugas. Prescindir del cuerpo es un alivio, nos permite fluir, dejarnos llevar y construirnos cada vez. Construirnos contextualmente, ser con el otro, ser en tanto que acontecemos. En el chat encontramos nociones estereotipadas del género, divergencia primera para caer en la convergencia de forjarnos una personalidad acorde con nuestros propósitos. Hacer y deshacer prótesis de identidad de nuestras vidas outside. El individuo, sin cuerpo propio, se vuelve apariencia pura, construcción artificial donde se adhiere el deseo del otro . En esta apariencia, la simulación, la mentira potencial alcanza su mayor grado, se hace fuerte en el misterio y la duda, pulsiona la realidad y lo inventado, el cuerpo y el deseo. En un campo donde el sujeto desaparece y se maquilla un personaje. No importa quien eres, sólo que converses. Identidades como soplos, como insectos que viven el tiempo que dura una conversación.
Tal vez el chat sea uno de los dispositivos de Internet donde más se nos piensa. Protegidos por un avatar en el chat buscamos algo imprevisto, dejar nuestra voluntad en manos del mundo, de Internet, ponernos en el camino y esperar a que el mundo nos de una sorpresa, que el/la/lo que soñamos nos abra un privado. Lanzarnos a la indeterminación y a la seducción pura. Se trataría parafraseando a Spinoza en boca de Baudrillard de transferir la voluntad al mundo, la responsabilidad de concebirnos en un espacio regido por el pensamiento impersonal del otro.
Es precisamente esta búsqueda lo que engancha del chat y, en cierta forma también de la red. La probabilidad de encontrar un destino sorprendente (ya), de seducir y ser seducido (rápido), de ampliar las posibilidades de derivar hacia algo/alguien de una base de datos muy superior al número de nuestros convecinos de ciudad. Vivir como si no hubiera mañana. Vivir el instante, devenir joven. Búsqueda del placer, pequeñas muertes, transferencias de voluntad. Nuestros “otros yo” se lanzan a vivir vidas-mosca. Pero ante todo está esa seductora sensación del medio, dejar que Internet nos piense. Ahí situamos al net.art, y su carácter diferenciador. En la pregunta que cuestiona la red mientras también la inventa. No ya en los objetos, más en las palabras (tanto en la teoría como en la práctica artística). Ahí lo pensamos, ejemplificando uno de los caminos más iluminados y sugerentes en el deambular artístico contemporáneo. Ahí, se producen las prácticas artísticas de Internet, pensando la red y siendo pensadas por ella, en una deriva ... mientras actúa este destino, la probabilidad de cualquier acontecimiento, aunque no haya tenido lugar, jamás se agota. Y de ahí viene el acontecimiento de una vida, de esta gracia actual de coincidencias y nunca de un encadenamiento de las causas . |
|