Contracultura, Movimientos Sociales y Red

Anna Esteva Escobar

Contracultura en la red

El uso de Internet como medio privilegiado para los movimientos sociales contemporáneos, ha abierto nuevas vías de comunicación, organización y acción política. La libertad de expresión en este medio ha representado un nuevo campo de difusión y articulación de las resistencias contrahegemónicas, a través de la autoorganización en torno a las redes de información. El activismo transnacional basado en la interactividad mediática no sustituye otras formas de participación política tradicionales, sino que las refuerza, brindándoles mayor visibilidad y condiciones de potenciar las acciones a nivel local, pudiendo ejercer simultáneamente impactos a nivel global. Las redes de activismo mediático cumplen un importante papel en este proceso contrahegemónico, como medio para la circulación, difusión y producción de información alternativa, así como la documentación casi instantánea de las acciones colectivas. La participación de las personas en la creación de formas interactivas de comunicación contrarresta el flujo unilateral propio de los medios comerciales, y por esto se demuestra como un potente vehículo para la sociedad civil global. Sin embargo, los potenciales democráticos de Internet todavía se enfrentan por lo menos con 2 importantes obstáculos: por un lado, la desigualdad de acceso entre los países centrales y los periféricos, y por otro, las competencias educacionales y culturales para hacer uso de las tecnologías. Algunas de sus características principales, como la convergencia local-global, publicación abierta, instantaneidad e interactividad, autogestión, horizontalidad y socialización de recursos técnicos están creando un ambiente dinámico de construcción colectiva.

Al mismo tiempo, la posibilidad de registrar y acceder a las informaciones anteriormente publicadas en todos los formatos, así como los archivos de listas de discusión abiertas, crean una especie de “base de datos” a través de los documentos disponibles, constituyéndose como memoria viva de los movimientos de resistencia global. Estas herramientas cooperativas e interactivas para la producción abierta de informaciones a escala global están aprovechando los potenciales de Internet como forma inclusiva y participativa, permitiendo crear esferas públicas alternativas para la acción de los movimientos contrahegemónicos en la red. Cada vez es mayor la presencia de asociaciones con argumentos ecológicos, contra la exclusión por el género, la raza, las migraciones y otras condiciones de vulnerabilidad; con un estilo organizacional que trata de evitar la rigidez burocrática que desacreditó a los partidos clásicos, aquellos que anteponían los intereses de la organización a los de las personas, promoviendo formatos ágiles y flexibles en actuaciones más en relación con acontecimientos que con estructuras. Sus políticas de frente multiorganizacional se han visto en las protestas mundializadas –de Seattle hasta Cancún– y en los Foros Sociales de Porto Alegre y Bombay, donde la acción común prevalece sobre la pertenencia.

Contracultura en los 60

Este terreno de confluencia y propuestas alternativas se ha constituido en un espacio virtual en donde parece concretarse el "ágora electrónico" profetizado por McLuhan: "un lugar virtual en el que todos podrían expresar sus opiniones sin temor a la censura" y defenderlo de los intereses de las multinacionales, la publicidad y los poderes hegemónicos. Más allá de la cita de McLuhan la vinculación y continuidad con el movimiento contracultural y alternativo de los años sesenta se hace evidente. En esta década se produjo una imprevista confluencia social y cultural, un movimiento de amplia repercusión, del que emergieron un conjunto de fuerzas, que al unirse y actuar simultáneamente, dieron lugar a lo que se llamó contracultura. Un término que fue acuñando a lo largo y ancho de la rebelión juvenil de los años sesenta y quedó incorporado definitivamente a la terminología de los medios de comunicación de masas cuando en 1968 Theodore Roszak publicó El nacimiento de una contracultura. La pretensión de Roszak era entender el sentido de las subculturas juveniles de esos años, sobre todo la hippie estadounidense. Roszak analizó las ideas, creencias y actitudes que se oponían a la cultura dominante caracterizada por el capitalismo, el protestantismo y el militarismo. Al mismo tiempo incardinó valores de la contracultura como tolerancia, hedonismo o espiritualidad en aquellos que abandonaban la sociedad establecida y elegían formas alternativas para vivir. La contracultura debía entenderse también como un abanico de nuevas prácticas sociales tales como el consumo de drogas, la liberación sexual o la concepción de una nueva educación menos opresiva y más creativa.

La contracultura de los 60 se definía sobre todo por su oposición a un determinado orden, político, cultural y social, y se constituyó como un campo semiorganizado, escasamente burocratizado y muy sensible a la percepción de las necesidades sociales cotidianas. Tomó la forma de movilización, protesta masiva y la formulación frontal de quejas y reivindicaciones contra la administración pública y los agentes oficiales de representación política y se plasmó en los llamados nuevos movimientos sociales, organización cívica de los grupos informales de demandas cotidianas. La Nueva Izquierda estimuló a los diferentes grupos para que se organizasen contra la formas de opresión basadas en el genero, la preferencia sexual o la raza. En EEUU aparecieron movimientos sociales radicales a gran escala. Junto al movimiento por los derechos civiles, se vivió el auge de acciones contra la guerra del Vietnam, la aparición y rápida extensión del movimiento estudiantil, el movimiento por los derechos de la mujer y la creación de grupos defensores del derecho al bienestar de los sectores de la población más débiles. Paralelamente, a lo largo del mismo decenio, se extenderían por Europa Occidental y por otros países movimientos de diferentes características y contenidos, tales como las luchas por la independencia de las antiguas colonias de los imperios europeos, o las primeras protestas en la Europa del Este contra los regímenes totalitarios. Todos estos movimientos, inspiradores de la contracultura, pusieron de manifiesto su malestar reivindicando otras formas de entender el mundo y cuestionando la legitimidad tanto del orden político, como del económico y el social.

El 68

El 68 se ha convertido en un hito y un referente para muchos estudiosos del mundo contemporáneo. En esa fecha coincidieron numerosos acontecimientos sociopolíticos, a la vez que las revueltas estudiantiles se extendieron a muchos países, pasando de los campus universitarios a las calles (Estados Unidos, Francia, España, Alemania Occidental, Inglaterra, Italia, Bélgica, México, Checoslovaquia, etc.). En 1968 asesinaron a Luther King y Robert Kennedy, se produjo la trágica Primavera de Praga que supuso el fin del sueño de un socialismo con rostro humano. Entre las revueltas estudiantiles la más cruenta fue la del 2 de octubre en la plaza de las Tres Culturas de México, donde el ejército ametralló a los estudiantes organizando una verdadera masacre, de la que todavía hoy no se sabe cuántos jóvenes resultaron muertos. Aunque la protesta juvenil tuvo en cada país un desarrollo y unas características propias, no deja de ser evidente que, entre otros factores, los nuevos medios de comunicación hicieron posible el surgimiento de una cierta cultura estudiantil internacional. Los movimientos se hallaban sintonizados y se influenciaban entre sí, lo cual produjo el desarrollo y difusión de un marco dominante de la izquierda estudiantil. Fue un movimiento radical de clases acomodadas, de universitarios y licenciados, que buscaba establecer una cultura alternativa con la incorporación de valores ecológicos, feministas y pacifistas. Un movimiento que propugnaba una Nueva Izquierda sin liderazgos y plenamente democrática frente a la repudiada vieja izquierda y su manejo instrumental del poder político.

Los movimientos sociales de esta época se definen por su radicalismo, su utopismo, su tendencia a mezclar elementos políticos con elementos culturales y la presencia entre sus efectivos de unos sujetos que no habían tenido presencia en la política convencional de las sociedades occidentales. Así, jóvenes, mujeres y estudiantes se convirtieron en factores fundamentales de movilización en esos años. El marco en el que se realizaron estas protestas era una sociedad de clases medias, de pleno empleo, con derechos de ciudadanía en expansión, con importantes conquistas en lo que se refiere a los objetivos del movimiento obrero. En suma, una sociedad en la que se progresaba en la consecución de una serie de derechos que sirvieron de base para animar la reivindicación de mayores niveles de servicios, de reconocimiento de derechos y para convertir ámbitos íntimos de la persona en objetivos políticos a regular por el Estado de bienestar. Estas nuevas demandas respondían a necesidades sociales que tenían poco que ver con las reivindicaciones tradicionales, económicas y laborales, de los obreros y que tampoco podían ser reducidas a la política tradicional de los partidos y del mercado de votos. Por lo tanto, los movimientos sociales de los años 60 y 70 supusieron la incursión en el panorama sociopolítico europeo y norteamericano de nuevos sujetos con un discurso que defendía un reconocimiento de identidades que hasta ese momento no eran ni siquiera tenidas en cuenta por los instrumentos políticos y económicos de los Estados occidentales. Buscando ampliar tanto los derechos de ciudadanía política como los derechos de ciudadanía social para reconocer esas identidades se unía lo privado y lo público en una amalgama político-cultural que fue una de las novedades de participación, de movilización y de acción de la época. Este modelo de movilización tuvo una enorme repercusión en la vida cotidiana, cambiando hábitos, reconociendo nuevos derechos, creando nuevas imágenes, aportando nuevas formas de convivencia, transformando las costumbres y ampliando la democracia en la vida cotidiana.

Consumo

La herencia de los sesenta está en el corazón de la sección más fronteriza de la contracultura digital. Algunas incongruencias que manifiesta esta contracultura no han escapado a la crítica en el ámbito universitario; en tal sentido, documentos como Tecnorrealismo presentado en 1998 por los especialistas en tecnología Simson Garfinkel y Douglas Rushkoff, o el célebre estudio La ideología californiana de Richard Barbrook y Andy Cameron, miembros del Hypermedia Research Centre de la Universidad de Westminster en Londres; no han dudado en señalar que la contracultura de la red, en algunas ocasiones, se parece en muchos aspectos a la visión de tecnofilia de la nueva derecha capitalista, encabezada por Bill Gates, Nicholas Negroponte y el Valle Sillicon.

Uno de los libros más importantes publicados recientemente y que ofrece visiones críticas del conjunto del sistema, El nuevo espíritu del capitalismo, de Luc Boltanski y Eve Chiapello, contiene un análisis sutil y crítico de lo que significa el parecido morfológico entre los nuevos movimientos de protesta y las formas de capitalismo que se han ido instaurando en el transcurso de los últimos veinte años. En este mundo hipermóvil que vivimos aumentan las dificultades para identificar puntos de arraigo, reglas estables y zonas de confianza para la vida diaria. Se ha deconstruido el antiguo concepto de autenticidad, basado en la fidelidad a uno mismo, la resistencia del sujeto a las presiones externas y la exigencia de comprometerse con un ideal. La fidelidad a sí mismo y a un lugar suele interpretarse como rigidez, la resistencia ante los demás como rechazo a conectarse, el compromiso con ideales permanentes como incapacidad de adaptarse a las variaciones de la moda. Pero al mismo tiempo comienza a ser cada vez más insatisfactorio vivir en un mundo de simulacros, artificios y mercancías inconstantes.

Se hace necesario reformular la crítica a la mercantilización de los medios materiales de producción identificando los nuevos recursos de los que se apropia la economía globalizada. Se ha transformado en “productos”, bienes y prácticas que antes estaban apartadas de la comercialización y ahora se las dota de un precio y consiguiente posibilidad de intercambio mercantil; un ejemplo podrían ser los lugares de encuentro y sociabilidad usadas como ocasiones para hacer negocios o las diferencias culturales avivadas para incorporar al mercado a los disidentes. Boltanski y Chiapello evocan la prospección de yacimientos de autenticidad convertibles en fuentes potenciales de beneficio (paisajes, bares con encanto, turismo alternativo, vestuario, música), capaces de restablecer un sentido de lo auténtico compatible con las variaciones de la especulación mercantil y de la moda. Aunque los autores no lo mencionan, la industria de la new age y de la world music son otros ejemplos elocuentes. La lista puede ampliarse a otros productos y actitudes del mundo alternativo y contracultural. Llama la atención que Boltanski y Chiapello no destaquen el control de las redes electrónicas y mediáticas, claves de la conectividad mediática y la propiedad más valiosa en el siglo XXI, que distribuyen la información, y que crean zonas de concentración e irradiación que organizan el desigual acceso a los bienes y mensajes.

Reverlarse vende

En relación al consumo alternativo sería interesante señalar el libro Revelarse vende de los canadienses Joseph Heath y Andrew Potterestos, un repaso crítico, satírico y pragmático de la “izquierda pop”. Un ensayo muy estimulante de filosofía crítica, escrito desde y hasta cierto punto contra el presente, sólo que desde una filosofía entendida al modo pragmático y casi instrumentalista. El ensayo trata de comprender un presente que desde luego no está inmediatamente tocado por el cielo de las ideas puras, sino inmerso en el fango de la economía, la historia, las psicologías prosaicas y las ideologías blandas de las modas y el marketing cultural. La solución propuesta por la contracultura, aseguran Heath y Potterestos, se reduce a una “rebeldía estilística individualizada”, que a fin de cuentas logra avivar la necesidad de obtener bienes posicionales únicos —música alternativa, ropa que no venga en serie, zapatos raros, lofts y casas rehabilitadas como vivienda— en una competencia entre “consumidores rebeldes” que no aportan soluciones a los problemas reales de la sociedad actual. Así, la lucha por destacar socialmente ha sido sustituida por la necesidad de ser cool, pero la estructura básica de la competición capitalista no se ha visto en absoluto alterada.

En este ensayo los autores intentan ilustrar que, lejos de constituir un movimiento contra los problemas reales que provoca el sistema, la contracultura es parte del combustible que lo alimenta. Basta con repasar la lista de los libros más vendidos de los últimos tiempos: los ensayos más populares son aquellos que critican el consumismo, como No Logo, Culture Jam, Luxury Fever o Fast Food Nation. “El mercado ha respondido con una abundante oferta de productos y libros anticonsumistas”.

En la última década, dos de las películas con mayor éxito de público y de crítica han sido El club de la lucha y American Beauty, invitaciones casi idénticas a rebelarse contra el sistema actual. Una de las revistas más vanguardistas y cool de Norteamérica, la contracultural Adbusters, se opone radicalmente al consumo, pero puede encontrarse en cualquier tienda. Creada en 1989 como publicación contra “la propaganda y la mentira imperantes”, Adbusters se convirtió en el buque insignia del movimiento contracultural. Su director, Kalle Lasn, aseguró en 1999 que el bloqueo cultural equivale a la lucha por los derechos civiles de los sesenta, el feminismo de los setenta y la protección medioambiental de los ochenta. Pero en septiembre de 2003, la revista Adbusters comenzó a aceptar pedidos de Black Spot, unas zapatillas de deportes “subversivas” fabricadas por ellos mismos que hoy se pueden comprar en Internet por la friolera de 120 dólares. “A partir de ese día, nadie con dos dedos de frente siguió pensando que existiera un enfrentamiento entre la cultura tradicional y la cultura alternativa. A partir de ese día quedó claro que la rebeldía cultural, tal y como la plantea la revista Adbusters, no supone una amenaza para el sistema, sino que es el sistema”, afirman Heath y Potter. ¿Se vendió Adbusters al sistema? No se ha vendido, concluyen, porque no tenía una doctrina revolucionaria que vender. Lo que defendía, sencillamente, era una versión recalentada de la teoría contracultural que la izquierda viene abanderando desde la década de los setenta. Y esta versión, lejos de ser revolucionaria, ha sido uno de los motores del consumismo de los últimos cuarenta años.

Lo malo es lo que compran los otros

Lo que vemos en películas como American Beauty y El club de la lucha no es realmente una crítica al consumismo, sugieren los autores, sino una crítica a la sociedad de masas. Cuando Lester (Kevin Spacey), el personaje central de American Beauty, se declara harto de su vida reprimida, de su mujer (Annette Bening) obsesionada por el sofá de cuatro mil dólares y de su trabajo; cambia su rutina de consumo, pero no por ello se sale del sistema. Para empezar, se compra un nuevo coche y adquiere una marihuana valorada en dos mil dólares —una maría que, según le dice el joven que se la vende, es sólo para círculos exclusivos. ¿Qué diferencia hay entre comprar un sofá de cuatro mil dólares y adquirir marihuana para elegidos, además de un nuevo coche?

Al principio de No Logo, recuerdan Heath y Potter, Naomi Klein se lamenta de la conversión de los lofts de su vecindario de Toronto en condominios que ya nada tienen que ver con la estructura de la fábrica originaria. Ella aclara al lector que sigue viviendo en un loft genuino, como si esto constituyera un acto de rebelión contra el consumismo. Paradójicamente, este tipo de construcciones en Toronto son tan caras como inalcanzables para el común de los mortales; y se han convertido en un must entre los que quieren diferenciarse de los demás. Vemos que lo alternativo, después de todo, no es más que esnobismo y obsesión por la individualidad disfrazado de protesta. “Una gran parte de lo que se considera radical, subversivo o transgresor no lo es en absoluto. Basta con mirar diez minutos MTV para comprobar lo absurda que es esta teoría.”

Quienes aceptan de forma acrítica la crítica a la sociedad de consumo pecan de cierta ingenuidad. “Al leer la lista de bienes de consumo que, según el filósofo y psicólogo francés Jean Baudrillard, la gente no necesita, lo que leemos es una lista de bienes de consumo que no necesita un intelectual de mediana edad. Cerveza Budweiser no, whisky escocés de malta sí; películas de Hollywood no, teatro vanguardista sí, coches Chrysler no, coches Volvo sí, hamburguesas no, risoto sí. (…) En otras palabras, el término ‘consumismo’ siempre parece afectar sólo a lo que compran los demás. Por eso da la impresión de que esa supuesta crítica al consumismo es puro esnobismo mal disimulado, o, peor aún, puritanismo.” Las ruidosas campañas contra Nike han abierto un jugoso mercado alternativo, del que se han aprovechado otras marcas como Vans, Airwalk y los mismos editores de Adbusters. La “rebeldía chic” ha resultado enormemente útil para vender millones de dólares en calzado. Además de calzado, se venden millones en viajes a tierras exóticas —Oriente y el Tercer Mundo se han convertido en el telón de fondo para los viajes iniciáticos personales.

Epílogo

Rebelarse contra la masa no sólo vende, sino que acentúa el problema. Debemos reconciliarnos con las masas, lo que no significa conformarse con todos los elementos de la sociedad post-industrial. Porque los fallos más obvios de la sociedad son conflictos de acción colectiva no resueltos, que no se solucionan mirando MTV, comprando las zapatillas de Adbusters, viviendo en un carísimo loft a las afueras de una metrópoli o ejerciendo de artista radical con las subvenciones de turno. El ejercicio de la ciudadanía siempre ha estado asociado a la capacidad de apropiarse de los bienes y a los modos de usarlos, pero se suponía que esas diferencias estaban niveladas por la igualdad en derechos abstractos que se concretaban al votar, al sentirse representado por un partido político o un sindicato. Junto con la descomposición de la política y el descreimiento en sus instituciones, otros modos de participación están ganando fuerza. La experiencia de los movimientos sociales en las últimas décadas ha redefinido lo que se entiende por ciudadano, no sólo en relación con los derechos a la igualdad sino también con los derechos a la diferencia. Esto implica una desustancialización del concepto de ciudadanía, los derechos importan como algo que se construye y cambia en relación a las prácticas sociales y los discursos. La ciudadanía y los derechos son reconceptualizados como principios reguladores de las prácticas sociales, definiendo las reglas de las obligaciones y responsabilidades, garantías y prerrogativas de cada uno. El acceso simultáneo a los bienes materiales y simbólicos no va unido a un ejercicio global y más pleno de la ciudadanía. El proyecto ilustrado de generalizar esos derechos llevó a buscar, a lo largo de los siglos XIX y XX, que la modernidad fuera el hogar de todos. Al imponerse la concepción neoliberal de la globalización -desde la que los derechos son desiguales, las novedades modernas aparecen para la mayoría sólo como objetos de consumo, y para muchos apenas como espectáculo- el derecho de ser ciudadano, de decidir cómo se producen, se distribuyen y se usan esos bienes, queda restringido otra vez a las élites.

Para vincular el consumo con la ciudadanía, y a ésta con aquél, hay que deconstruir las concepciones que ven los comportamientos de los consumidores como irracionales y las que sólo imaginan a los ciudadanos actuando en función de la racionalidad de principios ideológicos. A la vez, se suele percibir al consumo como lugar de lo suntuario y lo superfluo, donde los impulsos primarios de los sujetos podrían ordenarse con estudios de mercado y tácticas publicitarias. Sin embargo cuando seleccionamos los bienes de consumo y nos apropiamos de ellos, definimos lo que consideramos públicamente valioso, las maneras en que nos integramos y nos distinguimos en la sociedad, en que combinamos lo pragmático y lo disfrutable. Ser ciudadano tiene que ver con las prácticas sociales y culturales que dan sentido de pertenencia y hacen sentir diferentes a quienes poseen formas semejantes de organizarse y satisfacer sus necesidades.

La polémica está asegurada. Nos hemos acostumbrado tanto a los ataques de la derecha contra la contracultura que cuesta imaginar cómo sería una crítica desde la izquierda en el debate abierto en torno a la rebelión como signo de diferenciación social, contra la pose del consumidor rebelde y los cazatendencias y, sobre todo, a cómo reconciliarse con la masificación y transformar a los consumidores en ciudadanos. Reivindicar, desde la crítica contracultural, la necesidad de preocuparse más por cuestiones de justicia y equidad para lograr auténticos avances sociales no desdice los logros de los movimientos alternativos, al contrario pone en la piqueta las posturas y gestos banales que lo trivializan en la esfera del espectáculo y el consumo. Reducir y limitar esta posición crítica como paralela a la ejercida por el modelo hegemónico y rechazarla como reaccionaria sería injusto y analíticamente mezquino. Cuando uno se descubre objeto de una investigación social, casi nunca se reconoce plenamente en el resultado, no se siente especialmente favorecido en la cita o incluso no se es consciente de la dimensión política o social que tiene su trabajo. La intención no es otra que la de rescatar y analizar todo aquello que, como dijo Bourdieu, facilite la alteración de nuestras estructuras mentales.

Bibliografía:

CUCÓ GINER, JOSEPA. Antropología Urbana. Barcelona 2004, Ariel.

BOLTANSKI, LUC Y CHIAPELLO, Éve. El nuevo espíritu del capitalismo. Madrid 2002, Akal.

HEATH, JOSEPH Y POTTER, ANDREW. Rebelarse vende. El negocio de la contracultura, Madrid 2005, Taurus.

GARCÍA CANCLINI. N. Diferentes, desiguales y desconectados. Barcelona 2004, Gedisa.

ROSZAK, THEODORE. El nacimiento de una contracultura. Barcelona 1970, Kairós.