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El lugar de la cultura /…/ si entendemos por políticas culturales, interferencias, mejor dicho, intervenciones del Estado, estrategias encaminadas a promover la producción cultural de acuerdo a una visión determinada, que suponemos nosotros que sea democrática. O sea, que el Estado tiene una visión de una propuesta y entonces está como alentando la producción en el sentido democrático, que se supone que es la creación de mecanismos que garanticen la igualdad de participación de todos los sectores de una sociedad diversa en la producción y el usufructo de los bienes culturales. Y estas intervenciones no pueden darse a determinados niveles porque se convertirían en hechos de dirigismo cultural, el Estado no puede intervenir sobre los contenidos de producción cultural, sino solamente fomentarlos, crear circuitos, que garanticen o alienten esa producción. /…/ En primer lugar tiene que ser plural. Todas nuestras sociedades son pluriétnicas, son multiculturales, tienen una serie de culturas en juego. Este concepto de cultura como contenido homogéneo de un Estado-forma se halla absolutamente en crisis, y se asume que es, precisamente, esta diversidad no solamente un hecho, sino una garantía de nuestras propias complejidades y riquezas culturales. O sea, la creación de mecanismos que aseguren la pluriculturalidad, la existencia de lenguas, de religiones distintas, de cosmovisiones diferentes en un entramado cultural que necesariamente será conflictivo y nunca homogéneo o estable. La participación de las sociedades civiles en todo el proceso productivo cultural supone mecanismos de autogestión, supone articulación de las distintas sociedades. También supone, necesariamente, descentralización, es decir, crisis de un modelo centralista, pero unidades territoriales y sectoriales diferenciadas en la toma de decisiones de las propias políticas culturales y vínculos y conexiones entre las sociedades y los circuitos estatales. Es decir, la participación constante, no solamente en tener asegurada una producción, una circulación, un consumo equitativo y parejo de bienes culturales, sino también en el hecho de que el Estado pueda, o las municipalidades puedan, o la instancia pública que administre las políticas culturales pueda establecer mecanismos de consulta con sectores especializados, instancias intermedias en las cuales diversos sectores especializados en cultura puedan dar su opinión o puedan participar en la toma de decisiones públicas. Por último, este primer punto también equivale a la crisis de un modelo divulgacionista de cultura. Es decir, entender que sobre todo la promoción cultural democrática se va a hacer no tanto en ampliar el consumo de cultura sino en dar acceso a todo el proceso cultural. El propio consumo de cultura se verá mejor afianzado con productores activos, por una ciudadanía activa, capaz de generar sus propios símbolos. Los procesos de significación social, que son los que nutren la producción de cultura, necesitan gente que esté creando y reflexionando constantemente. En segundo lugar, si el primero era el pluralismo o la pluralidad, la segunda nota de las políticas culturales democráticas debería ser el formalismo. ¿Qué quiere decir esto? Que las políticas culturales son adjetivas, son formales. El Estado no tiene como crear cultura o producir cultura. El Estado no expresa, no hace crítica, sino que crea las condiciones para que las sociedades sean las que hagan cultura, las que produzcan cultura. O sea, que el rol del Estado es crear formas, crear circuitos, habilitar canales, para encauzar, promover, habilitar, alentar, divulgar o como queramos llamar, las producciones que hacen las sociedades, las instituciones, los creadores concretos, que son los productores de cultura. Si las políticas culturales fueran sustantivas, estaríamos hablando de un intervencionismo de Estado, un dirigismo a partir del cual el Estado estaría proponiendo contenidos de producción cultural. Esta característica de las políticas culturales, unida a la expansión de la sociedad civil, en sus producciones y en sus demandas, y también a la expansión de movimientos neoliberales, lleva muchas veces a concebirse como una retirada del Estado. Una concepción laissez-faireista en la cual el Estado solamente habilita un escenario de producción cultural, o promoción cultural, y hace de árbitro de que los distintos sectores tengan acceso a ese escenario en más o menos cierta equidad de condiciones. |