El desafío de las políticas culturales
Ana Wortman

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El lugar que ocupa la cultura en las sociedades contemporáneas exige redefinir el sentido de las políticas culturales. La misma lógica del mercado genera distintas culturas. Entonces: ¿de qué se ocupan las políticas culturales? ¿Cuál es su objeto? Si las industrias culturales ocupan un lugar fundamental en el funcionamiento de la economía contemporánea, ¿de qué manera intervenir? ¿Es la lógica del mercado la que define un direccionamiento de las políticas culturales hacia la industria cultural? Si la cultura no está sostenida por valores vinculados a un proyecto emancipatorio, ¿sobre qué ejes debería orientarse? ¿No podemos opinar sobre los valores? ¿Sobre qué imágenes construir un sentido colectivo? Una vez comprendida la necesidad de reflexionar en torno al financiamiento en un contexto signado por la relación costo-beneficio y el fuerte debilitamiento de nuestros Estados, ¿cuál es el sentido de invertir en cultura? Esto nos lleva nuevamente a pensar a la cultura en términos políticos, seguramente ya no vinculados al proyecto moderno del Estado Nación, pero es difícil en nuestros países desvincularla de la idea de proyecto, así como también es impensable desvincularla del Estado, cuya función debería ser reformulada.

/…/ Las políticas culturales post-neoliberalismo, aunque situadas en sociedades donde el imaginario neoliberal dejó profundas secuelas en torno a las formas básicas del lazo social, deberían intervenir desde el Estado, en coordinación con las iniciativas de la sociedad civil. Las políticas culturales deben reconocer las formas actuales de la cultura, pero no mimetizarse con la estética del mercado y la lógica publicitaria; para ello deberán contribuir a la conformación de una identidad de los que constituyen las nuevas formas del campo cultural: espacios culturales, agrupaciones de artistas (teatro, cine independiente, música alternativa, música clásica, patrimonio, teatros nacionales, formas administrativas más eficaces que convivan con el sentido artístico para el que fueron creadas).

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Para finalizar estas reflexiones, presiento que deberíamos revisar la idea moderna del público, fundamentalmente habermasiana, de asistir a espacios donde se exhibe la producción cultural como una manera de intervención en la cultura. El incremento del hacer cultura podría estar indicando un nuevo modo del sujeto de vincularse con la cultura entendida como creación, como una manera de hacer algo diverso en el marco de cierta uniformización del mundo. Hay una demanda de ser actor cultural. La llamada estetización de la vida cotidiana a la que alude Featherstone, como un proceso que se inicia con la modernidad, parece, en el escenario cultural contemporáneo, extenderse a diversas esferas de la vida social, proceso del cual también forman parte los sectores excluidos. En ese sentido, las políticas culturales tienen mucho por canalizar y generar.

Ya no tiene sentido pensar las políticas culturales en relación al Estado Nación, ya que, como se afirma, no existen más las identidades nacionales. Ahora bien, ¿cómo se vive lo nacional hoy? ¿Cómo convertir lo nacional convertido en fundamentalismos en un elemento de una nueva ciudadanía contemporánea? ¿De qué manera incorporar la cuestión nacional, expresada muchas veces en el fútbol y en ciertas figuras massmediáticas, en una reflexión que recupere la memoria histórica, la memoria social y la memoria cultural de un universo no estrictamente local? En ese sentido me parece importante pensar la acción cultural en la perspectiva de generar un espacio público en términos que incluyan las transformaciones de la cultura contemporánea. Esto no significa abandonar el ideal habermasiano en cuanto a la preocupación de una esfera pública discursiva fundada en un paradigma letrado, pero éste deberá convivir con la perspectiva de un espacio público figural, permeado por las nuevas formas estéticas y las nuevas narrativas contemporáneas. Neoliberalismo, posmodernismo, nuevas subjetividades, nuevos estilos de vida, forman parte del desafío de la acción cultural. Pensar las políticas culturales no supone adoptar un sentido nostálgico en relación a la existencia del Estado de bienestar. Reconocemos la necesidad de la intervención en el plano de la desigualdad. En la sociedad capitalista, el estado, dicho en términos clásicos, tiene esa función. Sin embargo, debemos reflexionar en torno a las características del escenario social y cultural actual, que no es el mismo de los ochenta. También el sujeto, productor y consumidor de la cultura, ha sido radicalmente transformado.