Montseny en Granada
Antonio Orihuela

10 de agosto de 1932, Federica Montseny se encuentra en Granada para pronunciar la conferencia “Una hora crítica para España: revolución o fascismo”. Acaba de comer y con algunos compañeros de la F.A.I. tiene intención de subir a la sierra en el tranvía de Güejar para, según sus propias palabras “apreciar los telones de la espléndida fantasmagoría de los glaciares, de las altas cimas coronadas de nieve y de los prados de ensueño de esa formidable cordillera, la más ingente, la más legendaria y la más atractiva de España”. Llegan, a los postres, las noticias del levantamiento de Sanjurjo en Sevilla. Sin alterarse, el pequeño grupo de amigos se dirige hacia la estación, la calle es una fiesta, las comunicaciones están cortadas, el pueblo se ha echado a la calle, la gente los reconoce en su ebrio deambular por la ciudad y les preguntan si tienen nuevas noticias… No saben más que ellos, pero con la confusión pierden el primer tranvía y tienen que esperar, paseando por los jardines del Genil, al siguiente.

Esa noche se asaltan tres armerías y se reparten armas entre los obreros, que se aprestan a luchar contra los fascistas, la guardia civil y los escasos militares que han quedado en Granada. Arde el Casino, la redacción del periódico “El Ideal” y la Iglesia de San Nicolás... la resistencia fascista se refugia en el Palacio de Guadiana y el Hotel Alameda, donde, al grito de “¡Viva la Anarquía!”, “¡Viva la CNT!”, son rodeados por los obreros en armas entablándose un duro combate que se prolonga toda la noche. Federica Montseny y los excursionistas terminan de cenar y después de un rápido paseo se van a la cama.

Volverán a salir a la calle el día 11. Después de desayunar, se encaminan hacia una cafetería. Los tiroteos hace horas que cesaron y la ciudad aparece envuelta en un silencio que sólo rompen los camiones que van arribando cargados de guardias de asalto, civil y militares.

Delante de un vaso de leche Federica reflexiona “...noche perdida. Perdida, sí. No había solución de continuidad para el movimiento popular en Granada, por cuanto estaba sentenciado a muerte, ya que no podía confiarse en una solidaridad inmediata del resto de España. Explosión popular que da la medida de lo que puede un pueblo, cuando quiere, por otro lado no ofrecía garantías para consolidar nada efectivo... aquella noche -pensábamos nosotros- hubiera podido aprovecharse mejor, empleándola en algo más útil”.

Pero no todo estaba perdido, los obreros, reorganizados tras la sorpresa inicial de la llegada de tropas a la ciudad para contenerlos, volvieron a la carga esa tarde, desde el Albaicin, cayeron sobre el centro de la ciudad. También se habían tomado varios pueblos próximos a Granada. Albolote, Pinos Puente, Güejar, Motril, Iznalloz, Cijuela, Almuñecar o Santa Fé, están en manos de la CNT.

Federica Montseny está almorzando cuando un cerrado tiroteo entre la guardia civil y los revolucionarios obliga a los comensales a tener que retirar la mesa de la balconada. Los trabajadores se baten en la calle a la desesperada. Desde puertas, ventanas y terrazas disparan a una fuerza mucho más numerosa y mejor equipada; poco a poco, ante la falta de munición y el fuego de ametralladora, van retrocediendo... “Nos pasaban las balas silbando por delante del balcón y, a pesar de nuestro aguerrido espíritu, morir estúpidamente sentados a la mesa no nos seducía.”

La noche del jueves 11 de agosto, Granada vuelve a arder por los cuatro costados, casas de caciques, iglesias y conventos iluminaban los choques entre las tropas llegadas desde Sevilla y los anarquistas. El viernes 12 las autoridades republicanas recuperan el control de la situación. Comienzan los registros, la persecución y la captura de los militantes. El sábado 13, Federica Montseny pasea al sol del mediodía por el Darro granadino y aprovecha para comprar algunos regalos para sus familiares y amigos. Esa tarde sale en tren para Barcelona. Apesadumbrada por no haber podido pronunciar el mitin que la había llevado hasta allí, se despide de la ciudad... “me espera Granada, ante la que aún no he hablado; me espera Sierra Nevada, con sus picos ingentes, cubiertos de nieve impoluta y pálida”.