La emotividad underground. De subversión, saludo y cariño

Adolfo García Jeréz

Contracultura, cultura underground, subcultura, cultura alternativa, tribu urbana… Como se puede observar, existe una gran panoplia de categorías que guían nuestra mirada, enfocan nuestra atención hacia grupos sociales, cuadrillas, bandas, colectivos que son presentados y auto-representados bajo una vitola especial. Podría decirse que hacen referencia a grupos que pasean por los intersticios de la vida social, deambulan por los márgenes y confabulan en las guaridas de la urbe, aunque siempre –a decir verdad- visibles y dentro de la misma. Nunca fuera. Tan visibles que tal y como nos recuerda Carles Feixa(1) incluso han sido convertidos por el mundo académico en un muy apreciado objeto de estudio, estableciéndose en su consideración dos grandes paradigmas: uno que hablaba de la “cultura juvenil” “…como modelo interclasista, en una perspectiva funcional…” (Feixa, C et. alt., 2002: 8); y otro que se expresaba en término de “Contracultura”, entendiéndola “…como la expresión de una <<nueva clase>> emergente, en una perspectiva conflictual…” (Ibidem, 2002: 8).

Ahora bien, a mi juicio e independientemente del paradigma elegido lo interesante es indagar sobre aquellos aspectos que hacen que unos individuos, jóvenes o no tan jóvenes, se sientan identificados y formen parte de un grupo mayor, en esta ocasión bajo otras lógicas de comportamiento y bajo imágenes que en la mayoría de las veces se encuentran estigmatizadas por lo que representan de disidencia con respecto a la “cultura hegemónica”. Esos aspectos, como ya lo expresó el sociólogo francés Pierre Bourdieu en su celebérrimo estudio titulado La Distinción. Criterio y bases sociales del gusto (2006), hablarían de la existencia de clases sociales no sólo atendiendo a la posición del individuo o grupo dentro del campo social o, si se quiere y usando términos marxinianos, la posición que se posee dentro de las relaciones de producción, sino también a la configuración y existencia objetiva de unos mismos gustos interiorizados y compartidos por los individuos. Mismos gustos que hacen que esos individuos formen y se sientan parte de una clase social y que a su vez se perciban como distintos a otros. En definitiva, como reza uno de los apartados de dicha obra se ha de entender “el sentido estético como sentido de la distinción” (Bourdieu, P, 2006: 53). Y es Dick Hebdige uno de los autores que mejor se ha acercado desde este enfoque a eso que él mismo denomina “subcultura”, es decir atendiendo al significado del estilo. De ahí que su confesión de que le intrigan “los objetos más triviales –un imperdible, un zapato de punta, una motocicleta-” (Hebdige, D., 2002:15)(2) no sea baladí, pues tanto en los gustos de Bourdieu como en el estilo de Hebdige parece que los componentes decorativos, objetos de uso cotidianos, peinados, jergas, estilos musicales funcionan a modo de marcadores psico-sociales.

La emotividad underground y el ajeno.

Partiendo de este axioma he creído conveniente girar un poco el objeto y colocarnos sobre algo mucho más intangible y efímero pero igual de cotidiano e importante como es el saludo y el cariño. Ámbitos que aluden a la emotividad, pues ésta ha de ser entendida como una parte básica de la conducta colectiva. Para su estudio se nos hace imprescindible recurrir al maestro Erving Goffman. Escrutar las primeras páginas de su obra titulada La presentación de la persona en la vida cotidiana para hallar algo que de tan sencillo parece una butade, aunque, y a renglón seguido y si lo masticamos bien despacio, se nos revelará como un aspecto muy destacable con respecto a los gustos y estilos de esos mismos grupos contraculturales. Hablo de esa situación “cuando un individuo llega a la presencia de otros, estos tratan por lo común de adquirir información acerca de él o de poner en juego la que ya poseen” (Goffman, E. 2004: 13).

Y es en esa interacción donde

“…la información acerca del individuo ayuda a definir la situación, permitiendo a los otros saber de antemano lo que él espera de ellos y lo que ellos pueden esperar de él. Así informados, los otros sabrán cómo actuar a fin de obtener de él una respuesta determinada” (Goffman, E. 2004: 13).

Es decir, el encuentro sin más. Bien saben los antropólogos que el etnógrafo, o cualquier otro semejante, y su condición de ser un personaje “nuevo” en el campo a la hora de llevar a cabo un estudio etnológico le puede situar en una posición de desconocimiento ciertamente incómoda: que él sea sujeto u objeto de “malinterpretaciones” o, sencillamente, de meteduras de pata. Sin embargo esa incapacidad de comprender o de actuar ante determinadas situaciones, si se revierte, le proporciona una cualidad básica a la hora de abordar los fenómenos sociales. Me estoy refiriendo a la capacidad de extrañamiento. Así, el saludo, algo tan simple como decir aquí estoy, te reconozco, sé quién eres -o no-, sabes quién soy -o no-, sentimos un grado de estima –bajo o alto- y por eso nos saludamos así y no de otra manera, es un texto en el cual leer e interpretar formas de pensar y actuar en relación la idea de pertenencia a una “comunidad”.

El espacio de la emotividad.

Verdad es que en cada esquina, en cada recoveco, en los subsuelos de la noche, en antros pecaminosos, en lugares subversivos podemos hallar pruebas de lo anunciado. No es una cuestión ratificada a través de una prospección empírica, sino más bien se debe a una sensación, a la impresión de que es algo extrapolable a espacios imprecisos o, lo opuesto, a territorios reconocibles por su carácter referencial. En cualquier caso, lo que sí parece más que probable es que existen determinados espacios a la manera de como lo describe Michael de Certeau, es decir el “espacio como lugar practicado”, que sirven, entiendo, de soporte a la articulación de este tipo de relaciones. Inspiran por sus significados y usos la existencia de este tipo de interacciones. Por tanto, la constitución de un determinado socioecosistema tangible es relevante a al hora de poner en circulación lo que llamaremos la emotividad underground. Y uno de esos socioecosistemas es el que correspondería a la zona de la Alameda-San Luís, más específicamente el Pumarejo, en el noreste del centro histórico de Sevilla. Zona que fue objeto de un proceso de colonización por parte de grupos de individuos y colectivos sociales a finales de los años noventa. Trama social que durante casi una década había protagonizado una movilización contra la idea de construcción de un parking en el paseo de la Alameda de Hércules y cuyo éxito (eventual) le convirtió en todo un hito para la incipiente configuración de lo que se ha denominado los “novísimos movimientos sociales” (3). Una vez apagada las ascuas emotivas de esa dinámica festivo-política situada sobre el boulevard, y como si se tratara de un pueblo nómada y ágrafo estos mismos grupos, cuadrillas y colectivos viraron hacia el este de esa misma parte norte del centro histórico de Sevilla, en dirección a la calle San Luís, en busca de nuevas emociones conflictuales. Y las encontraron con la casa-palacio Pumarejo (4). Hecho que condujo no sólo a una colonización sino que se activara un verdadero fenómeno de territorialización y de refundación de dicha área, pasando de ser una zona degradada a una, cuanto menos para determinados círculos sociales, “alternativa”. Refundación no sólo simbólica sino también en base a la apertura de espacios físicos que a partir de entonces serían calificados con la denominación de “liberados”. Hablo del Centro Okupado Casas Viejas (5), del Huerto del Rey Moro (6), de la propia casa-palacio Pumarejo e incluso de la Casa de la Paz (7). Junto a ellos sempiterna aunque cambiante la Alameda de Hércules, vivida aún como un espacio-refugio.

El hecho de que estos grupos sociales compartieran un mismo territorio, por tanto, roces, rumores, juegos, disloques, juergas, encuentros, charlas, avisos, etc., y todo ello bajo el “palio” de un mismo estilo de vida (me aventuraría a afirmar bajo una mismo modo de vida que abarcaba desde lo político hasta la coincidencia en gustos como son el consumo y lo estético )(8) les hicieron sentir, y así fue expresado, formar parte de algo, de un colectivo diferente y diferenciador. Grupo que ellos mismos (al menos algunos de ellos, sobre todo en el momento de realizar ejercicios de autoreflexibilidad) dieron en denominar como el de una Comunidad Emotiva.

Y es ese socioecosistema, es decir el espacio más sus usuarios, lo que va a propiciar, acentuar y reproducir determinadas interacciones de tipo primario. Es cierto que uno de los contextos culturales donde se ha de inscribir a esta Comunidad y con ello ese tipo de interacción es su condición de ser andaluz. Pues es verdad, y mucho se ha escrito, de la condición antropomórfica del mismo, de ese modo de establecer relaciones interactivas basadas en el cara-cara. Sin embargo no voy a detenerme en esto. Tratar de estimar si ese estereotipo corresponde al andaluz o si es una característica más imaginada que practicada. Lo interesante, en mi opinión, es conocer hasta qué punto los miembros de esa maya social (cierto, la mayoría andaluces) sobre la base de ese sentimiento de pertenencia a una Comunidad Emotiva usaron o vieron en el saludo un material para potenciar dicha membrecía.

Etnografía del saludo.

Parto del axioma de que el saludo es un elemento que contribuye, confirma y reproduce la existencia de una relación primaria. Acción entendida como símbolo de reconocimiento especial. No se trata de dar la mano, estrecharla con más o menos fruición, palmear el hombro o besar en ambas mejillas mientras que se alza un brazo y se adhiere cariñosamente sobre el opuesto del saludado. Sino que estas técnicas han sido convertidas en arte en tanto el repertorio se ve ampliado, lo que exige de los miembros un aprendizaje ya que no usar una técnica cuando deberías causa extrañeza en el otro. Y ahí el ajeno ha de estar “obligado” a conocer ese aprendizaje particular con el objeto de un lado de otear ese repertorio de saludos dependiente del saludado (edad, sexo-género y colectivo) y de la relación establecida con anterioridad; y de otro amén de presentarse en público como se espera que se ha de presentar.

Podrían entenderse que hay un código que es preciso escrutar en tanto a partir de él, de una práctica cotidiana, se configura también ese sentimiento de pertenencia a un colectivo, en esta ocasión a la Comunidad. Si el saludado es un miembro conocido pero no de un modo que se hayan establecido relaciones amicales de primer grado, hombre y de un colectivo análogo -en la órbita por ejemplo del Precariado - entonces lo usual es dar la mano no a la altura de la cintura y colocada horizontalmente (modo convencional), sino que asciende el brazo en posición de “v” y se aprietan las manos casi en su verticalidad emitiendo sentencias en alta frecuencia del tipo qué tal, mientras que, a veces, con el otro brazo se rodea el cuerpo del saludado, incorporando hacia el espacio vital del primero y haciendo un amago de abrazo. Segundos después se recomponen las posiciones y se interroga al otro con preguntas vagas que refieren a cómo ha ido el día, cuánto tiempo, etc, pero que introducen a los actores la posibilidad de entablar un pequeño intercambio. Es lo que Erving Goffman denominaba “safe supplies”. Si el encuentro se produce entre dos personas de distintos sexo-género lo que prima son los besos en las mejillas y en algún momento la colocación de unos de los brazos del hombre en la cintura de ella. Las manifestaciones orales son las mismas que en primer caso. Ahora, si el sujeto saludado es conocido pero de mayor edad y de otro colectivo entonces el saludo adquiere un modo convencional.

El segundo de los grupos es ese que englobaría a sujetos, tanto hombre como mujer, no sólo conocidos sino amigos, jóvenes y anclados en la cultura alternativa y miembros o simpatizante de lo Precariado (9), entonces el encuentro es mucho más sonoro y con aspavientos. La proporción mayor de sonido y mohines es indicador de la cantidad transcurrida del último encuentro mantenido (o, en su defecto, del estado ebrio de los sujetos). Éste adquiere dos formatos: el “abrazo osezno”, con las dos manos, en una fusión corporal, de hecho si alguno de los dos es mucho más bajo éste es alzado. Abrazo que es producido casi a la misma vez que se dan besos a la mejilla y se preguntan. Todo en una simbiosis un tanto confusa. O aquel otro que sin tantos aspavientos se nutre de un simple “besito” (piquito) en la boca: los labios se unen y se desplazan hacia fuera formando una “u” hasta producirse el contacto de un modo que indica saludo y no, por ejemplo, intenciones circundantes a la seducción o a la petición de sexo. Esta última forma se produce tanto en encuentros donde los saludados son del mismo sexo-género o no. Por tanto el grado de amistad es un elemento central para que no se originen confusiones. Dentro de este grupo, el de amigos y que merodean o forman parte de un mismo colectivo pero no pertenecientes a una estética tan “alternativa” (algo coincidente con un aumento de la edad) el saludo es una mezcolanza entre el descrito anteriormente y este segundo: saludo con las manos primero (si son hombres) para después pasar a besos (y si son ellas directamente se procede con los besos). Cuando el encuentro se produce tras un largo periodo el abrazo, junto a besos pero sin tanto “ruido” sonoro y visual”, es lo más frecuente.

Se ha reconocer que estos tipos de saludos no son sólo exclusivos de aquellos que merodean el Puamarejo o forman parte de la Comunidad. Lo que sí parece incidir en esa hipótesis de que este formato de relaciones sociales, a parte de ser un elemento integrante del habitus de subclase y usado a modo de referente de identificación por parte de aquellos que integrados en la Comunidad, es su objetivación. Una vez externalizadas las formas de saludar, se las escruta y se las otorga un significado positivo convirtiéndolas en referente de identificación. Pero, ¿cómo se produce este fenómeno de objetivación, externalización e interiorización? Se produce de dos modos simultáneos: (1) mediante el uso inconscientemente aprendido tras años de uso en tanto valores y prácticas de un hábitus de (sub)clase. De ahí que este tipo de saludo no sea exclusivo y no haya sido originado en los contornos del Pumarejo. Y/o (2) a partir del análisis, la selección y la enseñanza de aquellos modos de contactos o relaciones sociales que inciden en el establecimiento de unas relaciones primarias bajo la intensidad de las mismas y cuyo sedimento sea el cuidado del “otro”, tomando como uno de los ejes este tipo de saludo “afectuoso”.

El saludo y el cariño como estrategia biopolítica.

Uno de los escenarios que provee de material etnográfico para esta segunda forma de abordar las relaciones primarias es el taller sobre Precariedad y Cuidados organizado por el colectivo Lilith (10). Taller en el que precisamente se planteaba estas cuestiones. Cierto que desde un prisma feminista, pero también como unos derechos que habían sido alienado por una sociedad capitalista (entendido como un modelo que potencia conductas y relaciones individualistas y, por ende, frías) y que requería ser recuperados por lo menos por parte de este sector, el de la Comunidad, incluyendo también al grupo de hombres, de ahí que proclamaran lo siguiente:

“…queremos inventar nuestra propia manera de estar en el mundo, formar parte de una <<cuidananía>> (que no ciudadanía), entendiendo con esos derechos que abarquen todas las dimensiones de la existencia, tanto a las cotidianas e íntimas como las públicas” (Asamblea Lilith).

Así, desde reuniones y charlas mantenidas desde el año 2000 o desde talleres (11) se analizaba entre otras cuestiones la situación actual y los efectos positivos del mantenimiento de esas prácticas sociales basadas en el cuidado mutuo. Análisis grupal y su difusión mediante talleres que institucionalizaba esa formar de estar. Formas que ya no sólo incluía el saludo efímero sino otros comportamientos que eran incluidas en esa cuidadanía (que no ciudadanía) y que aludían expresamente a la atención que se debían prestar unos a los otros.

Asimismo, y de un modo más efímeros pero mucho más masivo, habría que destacar la realización de otras prácticas que de un modo más inconsciente son realizadas. Me refiero en este caso a los pequeños masajes constantes que se dan unos a o otros (en especial los jóvenes más “alternativo”) en reuniones o cuando se conversa amistosamente en pequeños grupos: mesándose el cabellos, presionado con los dedos en las espaldas y cuellos ajenos; o el roce intencionado y el depósito de las manos en algunas partes del cuerpo entendidas como incitadora sexual, etc (el trasero, los pechos…). Contactos que se producen en contextos de charanga y a modo de conformación del grado alto de amistad y confianza que se tienen. Pero también entendiéndolo como un “arma político” diferencial. Uno de ellos me explicaba antes de contemplar la película semanal en el Huerto del Rey Moro un jueves de julio de 2007, como en su nuevo trabajo, un proyecto de intervención social patrocinado por la administración, al discutir en grupo cuestiones referentes a lo social y su proceder, la coordinadora le exhortaba a explicarse sin el uso de términos tan técnicos y “estrambóticos” como eran los de trabajar en red, I.A.P., empoderamiento, etc. Según él eran los conceptos usuales que se venían trabajando desde el Pumarejo. “Es otro mundo. Estoy acostumbrado a otra cosa”, me argumentaba con cierta zozobraba para a continuación añadir que menos mal que no le comentó los otros aspectos en los que trabajaban desde allí. Aspectos como “las cuestiones de la relación, de los contactos físicos, la importancia de estar unos con otros…”.

Confesión que confirmaba lo anterior: el saludo y el trato con mimo como un aspecto central del habitus de clase pero también como referente de identificación que configura ese sentimiento de pertenencia a la Comunidad y que además funciona a modo de alternativa a formas de interactuar contempladas como nocivas. De este modo, se ha de entender el estudio de, como dirían los precursores de la microsociología, las buenas maneras como un campo definido de relaciones sociales entre individuos y grupos que a veces adquiere una dimensión política, a parte de constituir un determinado estilo de vida y funcionar a modo de referente de identificación. Campo perteneciente a su vez a ese vasto objeto llamado etnografía de la vida pública contemporánea que está presente tanto en lo que Joseph Isaac denomina las sociedades urbanas (con sus lazos débiles de simple copresencia) como en las sociedades de interconocimiento (con sus formas de control social y su lucha por el reconocimiento). Y es en esta última tipología donde, a mi entender, se debería inscribir a esta Comunidad así como este tipo de micro-prácticas. Micro-acciones no tan baladí como parecieran en un primer momento.

Notas:

(1) En Movimientos juveniles en la Península Ibérica. Graffitis, grifotas. Ocupas ,2002, Ariel, Barcelona.

(2) En Subcultura. El significado del estilo, 2002, Paidós, Barcelona.

(3) Hablo de aquellas cuadrillas, cuasi-grupos, colectivos y asociaciones que de alg ún modo u otro funcionan con algunas de las siguientes características: una estructura social amplia; pluralismo de ideas: acentuación de nuevos aspectos de la identidad; difuminación entre lo individual y lo colectivo; implicación de aspectos íntimos de la vida; uso de nuevas técnicas de movilización y de canales de participación política; y, por último, estructura difusa y descentralizada (para más información ver: “Los nuevos movimientos sociales: de la ideología a la identidad” Laraña, E, Gusfield, J, 1994)

(4) En el año 2000 se constituyó una asociación denominada Plataforma en defensa de la casa del Pumarejo compuesta por vecinos y activistas de la zona cuyo objetivo era evitar la expulsión de los vecinos de dicho palacio así como que éste no se convirtiera en un hotel. Objetivo que se consiguió gracias a su declaración como Bien de Interés Cultural con valor Etnológico. Declaración que garantizaba el mantenimiento de sus residentes. Asimismo, en el año 2003 se ocupó los bajos del mismo inmueble que se encontraba en una situación de abandono, transformándolo en centro vecinal. Espacio que desde entonces ha albergado entre otras actividades reuniones de asociaciones y colectivos sociales y actos culturales de todo tipo. El sistema de gestión es de tipo autogestionado.

(5) Naves situadas en las inmediaciones de la plaza del Pumarejo que fueron ocupadas en el año 2002. Desde entonces se ha convertido en uno de los principales referentes del movimiento okupa y alternativo de la ciudad de Sevilla. En él se han desarrollado talleres de flamenco y malabares, cine gratuitos, conciertos, comedores populares. Toda una gama de actos y actividades.

(6) Solar inserto entre las calles Sol y Enladrilla en la zona noreste del centro histórico, cercana al Pumarejo. Su estado de abandono propició que en el año 2003 una cuadrilla de amigos lo ocuparan y organizarán actividades cuyo objetivo era reclamarlo como zona verde, sobre todo aprovechando su condición de huerta precolombina y ante el temor de que éste fuera edificado con el consentimiento de la administración regional (su actual propietaria). A mediados de 2006 (a parte de celebrarse multitud de jornadas abiertas, cine de verano y actividades lúdicas desde una perspectiva autogestionada) se puso en marcha un programa de huertos escolares en los que han ido participando varios colegios del en torno.

(7) Es una federación de asociaciones de corte pacifista y feminista cuya sede desde el año 2000 se encuentra en la propia plaza del Pumarejo. En su local se han desarrollado jornadas y talleres en los que han participado un gran número de colectivos. La mayoría de ellos pertenecientes a esa red “alternativa” de la ciudad.

(8) En relación a lo estético se podría aludir a la ropa desenfada y con un ramalazo “seudo-hippy” y “desaliñado” entre lo que destaca chanclas, pantalones cortos, viejos vaqueros o de tejido ligero, pequeños bolsos laterales o riñoneras, collares y pulseras de cuero. Con respecto a la prácticas comensales es digno de mención la predisposición favorable al consumo de cerveza y comida a precio popular y sin una especial elaboración, así como su ingesta al aire libre sobre el propio piso de hierba y en flexibles círculos de cuatro a ocho individuos.

(9) Es decir, aquellos que se inscriben bajo esta denominación, la cual define a los sujetos que se encuentran, o sienten que se encuentran, en una situación de precariedad en ámbitos tan importantes como el mercado laboral, el acceso a derechos sociales, la vivienda o el de las relaciones sociales, y que para cambiarlo apuestan por la organización colectiva y nuevas prácticas políticas. Es indudable el carácter generacional de ese “nuevo sujeto”, pues parece que forman parte del mismo sobre todo jóvenes con formación universitaria y en “el tiempo” de inserción en el mercado laboral.

(10) Grupos de jóvenes feministas que se reunían en el centro vecinal Pumarejo.

(11) En especial aquel incluido en el programa de actividades del May Day desde 2006 y que se desarrolló durante los días 6, 8 y 9 de marzo de 2006 en el Centro Social Okupado Sin Nombre, en el barrio de San Bernardo. El May Day es la reapropiación y refundación que hacen estos grupos de precarios del histórico 1º de Mayo.